El cráter del Brukkaro acoge 'el mundo perdido' PDF Imprimir E-mail
Namibia
Escrito por David Navarro   

La silueta del volcán se intuye en el horizonteEn el interior namibiano, a mitad de camino entre las ciudades de Keetmanshoop y Mariental, hay un desvío en la carretera a la altura de Tses para llegar a un monumento geológico. Esa nueva carreterita atraviesa río Fish, el más popular del país, donde se podían ver bastantes babuinos por su curso, ya que no traía apenas agua. Pronto se empieza a ver el objetivo, la silueta del volcán Brukkaro, que destaca en la superficie plana que le rodea.

La carreterita se convierte en casi camino de cabras hasta llegar a la entrada. Allí, el vigilante, bastante aburrido porque aquí no viene nadie, hizo su trabajo de la semana, apuntar las matrículas y cobrar. Las fechas de las anteriores visitas y eran de una media de dos o tres a la semana, y eso que era temporada alta. Desde luego, aquí entre el tiempo que tiene y la tranquilidad que hay podía sacarse varias carreras universitarias.

A partir de la entrada el camino era un poco trampa, con muchos agujeros, imagino que para retener a los visitantes más tiempo. Unos cinco kilómetros que se pueden hacer en media hora tranquilamente. Menos mal que los 4x4 están para estas situaciones, pero eso sí, empleándose a fondo hasta llegar a las faldas del volcán. Aquí, se abandona el coche. Es una zona preparada para acampar, pero no había nadie, daba la sensación de ser un lugar fantasmagórico. Ahora hay que seguir a pie por un camino bastante rugoso con sus múltiples piedras y con muchas subidas y alguna bajada. Esto hace que los tres kilómetros y medio hasta el cráter sean duros. Pero las vistas por todo el camino son magníficas, además el sendero está rodeado de formaciones de cuarzo. Me llamaron la atención los muchos saltamontes que había, que eran de una especie totalmente nueva para mí, y tenían la característica de que al abrir sus alas de color rojo parecían mariposas volando.

Interior del cráter de BrukkaroCon sudores y mis botas bastante rotas llegamos al cráter. Era inmenso, de casi dos kilómetros de diámetro. Al ser un volcán extinguido, ahora hay vegetación en su interior, dónde crecen los Quivertree (el árbol nacional) y otras especies. Incluso en época de lluvia cruza un arroyo que forma una cascada a su salida del cráter. En la caída del agua un grupo de babuinos bebía agua de la charca. El lugar puede evocar a un mundo perdido, sin duda sería el escenario natural perfecto para una película con ese argumento.

En mi retina me quedo con la imagen de ese inmenso cráter casi perfecto y sobre todo por saber que lo que fue materia inerte ahora  rebosa de vida. La carretera se aleja mientras la mole se despide desde el horizonte.

Para ver más fotos pinchar aquí

 

David Navarro

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