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En ruta al Reino de Mordor PDF Imprimir E-mail
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Bloemfontain no destaca por una arquitectura conmovedoraTras mi primera y brevísima estancia en Johannesburgo, abandono la ciudad al amanecer, con el tiempo justo para olisquear que Sandton, el barrio donde he dormido, no parece África, sino la parte moderna de la más moderna urbe de EEUU. Es el nuevo centro financiero y a primera impresión lo que canta es que hay pocos negros por la calle. El poderoso caballero vuelve a hacer de las suyas.

Agarro un bus con dirección a Bloemfontain, una ciudad anodina del llamado Estado Libre que debe su pequeña cuota de fama a que en 1852 se le concedió la capitalidad judicial del país, por el meritorio hecho de estar a mitad de camino entre las dos principales colonias, Pretoria y Ciudad del Cabo. Jo’burg no irrumpiría de verdad hasta que las minas de oro que atesora provocaron un cambio en la balanza del poder. Bloemfontain es curiosamente el lugar de nacimiento de JRR Tolkien, el creador de la saga de El señor de los anillos.
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En busca de los cinco grandes en Pilanesberg PDF Imprimir E-mail
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Una familia de elefantes transita por PilanesbergA la llegada a Jo’burg, mi espalda estaba bastante molida y la carita era de espanto: una chavalita cerró los pestillos de su coche al verme (se cambian las tornas en cuestión de miedos…). Me esperaba en la estación mi amigo y anfitrión Domingo, un auténtico santo por madrugar en su día de descanso.

Sin solución de continuidad nos marchamos en su vehículo recién estrenado a Pilanesberg, unos 200 km al norte, un parque nacional de 500 kilómetros cuadrados de extensión (el cuarto en tamaño del país) plagado de volcanes extinguidos (el Mankwe Lake cuenta con más de 1200 millones de años…) y con presencia habitada de los 'cinco grandes' (león, elefante, rinoceronte, búfalo y leopardo).

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El Apartheid hecho museo PDF Imprimir E-mail
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El museo revive la época del ApartheidDurante mi estancia en Sudáfrica, fui mucho de pegármela en un bus nocturno (funcionan bien, pero qué hartura...). El penúltimo lo cogí de vuelta a Johannesburgo. No se puede decir que mi espalda estuviera muy contenta conmigo. Decidí dedicar el día a conocer algo más del régimen del Apartheid, esa costura de sangre impresa aún en la sociedad sudafricana. Tantas etnias diferentes juntas en un terreno trufado de oro y diamantes no podían traer nada bueno.

El Apartheid Museum, ubicado dirección Soweto, te mete en situación: los visitantes entran por puertas separadas en función del color de su piel… como en los viejos tiempos. “Fue una época muy dura. Muchas veces no podías volver a tu casa de la granja porque había disturbios. Y entonces tenías que quedarte a dormir en el trabajo. Muy duro sí; en los coches ni siquiera podíamos ir sentados en paralelo gente de distinto color…”, me cuenta Elías, mi taxista de ocasión.

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Una horterada en toda regla en mitad de Sudáfrica PDF Imprimir E-mail
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Así de creíble luce una de las entradas de Sun CityEl mito de África es historia. Al menos, el que describiera Joseph Conrad en 1902 con El corazón de las tinieblas se me ha convertido en cartón piedra. Durante mi última estancia en Sudáfrica, agarré y me fui con Maurizio, un italiano compañero de trabajo de un amigo en Johannesburgo, y le acompañé a una visita de trabajo a Sun City (en la North-west province), un amago de complejo del estilo de los que pululan por el levante español, como Marina d’Or, o en determinadas playas caribeñas.

Sun City está al norte de Pretoria y se supone que pretende escenificar un templo perdido en las montañas al estilo de las películas de Indiana Jones. Vaya birria. Se trata de un horterada en toda regla con una playa artificial (cerrada, estamos en invierno) y un casino enorme con ludópatas a toda pastilla enganchados a las tragaperras con el cubilete de monedas como acompañante y los ojos enrojecidos de tanto darle a la palanca. Un espanto para mear y no echar gota, parece sacado de un film de bajo presupuesto. Y encima te cobran entrada.

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La verdad descarnada de Soweto PDF Imprimir E-mail
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Unos chavales juegan en una de las calles de SowetoQuizás para forzar la suerte o puede que tan sólo picado por la curiosidad, me largué en riguroso taxi privado a Soweto, una aldea de casi cuatro millones al sur de Johannesburg, lugar minado de sangomas, una especie de brujos que adivinan el futuro y cocinan pócimas que conjuran o producen el mal de ojo. Cuidado, que aquí eso no es cosa de broma. "Soy cristiano, pero también creo en la fuerza de los brebajes. A mi primogénito le sirvió para encontrar trabajo. No debemos despreciar lo que es útil para nuestra descendencia", me cuenta Elías, mi taxista para la ocasión.

Jane, la guía de la casa-museo Nelson Mandela, me lleva de la mano a la vivienda de una famosa hechicera. Casa de ladrillos buenos, puerta cerrada. Está usando piedras y huesos para resolver el problema de un 'cliente'. No me puede atender, mala suerte. "A veces también te anuncia que te vas a morir pronto...", suelta sin pestañear mi acompañante. Me piro del tirón (puede que haya sido lo suyo que la bruja esté ocupada).

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