Por la boca muere el yacaré PDF Imprimir E-mail
Brasil
Un inquietante ejemplar de cocodrilo negroA nuestro guía Norberto se le ocurrió una actividad para la noche siguiente, y menos peligrosa que la de agarrar yacarés: se trataba de pescar con la flecha, como le había visto hacer al pequeño caboclo, y así hicimos. Nos fuimos con el capitán Keca y con Norberto al mismo Igarape. Con dos linternas nos pusimos a buscar esos peces camuflados, y no era nada fácil verlos, había muchos pero también miles de hojas con forma de pez o peces con forma de hoja, pero capitán Keca alza la voz... "¡yacaré, yacaré!", ha visto esos ojos iluminarse en la noche cerrada.

Norberto hace oídos sordos, pues sería el encargado de coger el peligroso yacaré, y se
sentía obligado, por presumir de haber cogido cientos. Continuaba agachado, alumbrando el fondo, buscando peces, pero a nosotros ya no nos interesaban esos peces, queríamos ver yacarés, y Keca que tenía uno de los remos, puso rumbo a esos ojos, ante el evidente miedo de Norberto, que sólo hacía preguntar a Keca sobre el tamaño del cocodrilo.

A sabiendas de que era imposible saberlo a esa distancia y en la oscuriodad, el capitán
continuaba acercándose a los ojos, repitiendo una y otra vez en tono bajo y jocoso, "yacaré, yacaré", acortando distancias nuestro guía se coloca en proa, y cuando estamos apunto de ver la cabeza del animal, pega con el remo en el lateral de la barca, haciendo un ruido que asusta al yacaré y desaparece en cuestión de segundos.

Tenía mucho miedo y quedaría herido en el orgullo si nos dábamos cuenta, pero eso nos mosqueaba, porque podría reconocer no coger yacarés y así al menos podríamos verlos... pero tenía que demostrar lo indemostrable.

Pero hay muchos mas, y basta mover la linterna 180 grados para que te brillen en la oscuridad los ojos de este animal, y sólo basta acercarse silenciosamente a golpe de remo, y así hicimos de nuevo, acercándonos hasta que la cabeza se hacia completamente visible, como flotando en el agua, dormido profundamente, y de nuevo y acercándonos poco a poco, Norberto levanta la mano simulando que va a por el, pero esa mano queda alzada en el aire como petrificada, siendo esta vez la propia canoa la que ahuyentara al yacaré, pues por poco le damos en la cabeza con la proa de la canoa, mientras el brazo de Norberto permanecía suspendido en el aire.

Creo que no ha pasado más miedo en su vida, ante la reaccion de Javier, Ramón, Keca y mía, de soltar una carcajada que probablemente se oyera hasta en Novo Airao. El orgullo de Norberto había quedado definitivamente destrozado, no soltó ni una palabra en el día y medio que nos quedaba en la Amazonia. Tampoco nosotros a él, se merecía este pequeño castigo.

Víctor García Montes

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