Sin capoeira no eres nadie en Jericoacoara PDF Imprimir E-mail
Brasil
La práctica de la capoeira al anochecer, lo suyo en JeríPoco antes de llegar a nuestro destino, hacemos una parada en medio de la infinita playa para que Tono nos hiciera una de esas caipiriñas que ya eran habituales en nuestro viaje. En Camoçin se había aprovisionado de la cachaça, hielo... todos los ingredientes excepto el limón, ya que por error se trajo naranja, lo que lo convirtió en un original y espectacular caipiriña al Brotons.

Todo esto lo convirtió en una apoteosica llegada a Jericoacoara, que aparecía de repente detrás de una gigantesca duna, a la que todo el pueblo se subía cada tarde para ver el espectacular atardecer. Jerí es un pintoresco pueblo aprisionado entre océano y dunas. Prácticamente la única forma de transporte por sus estrechas calles que daban todas o casi todas a la playa era el buggy.

Es un un lugar bastante más turistico de lo que estábamos acostumbrado, aquí te podías encontrar desde el típico rasta australiano adinerado hasta el españolito fantasma que le sobresalen los Calvin Klain de sus bermudas surferas y que te dice que no ha podido ir con su novia a ver la Pedra Furada, (tipico monumento natural del lugar), porque estaba haciendo sky surf...

Éste era uno de los muchos deportes que en este lugar se practican, y mientras más original y más llames la atención, mejor; lo suyo es si te puedes permitir la inevitable visita a la cima de la duna para ver la puesta de sol pero encima de un caballo, mientras el resto de la peña lo hace a pie, o tal vez descender de la misma duna haciendo sandboarding mientras todo el mundo observa el ocaso.

Pero en este lugar, si quieres ser lo más de lo más, debes bailar capoeira (yo he dado el primer paso y me compré unos pantalones). Todo el mundo disfruta el típico baile al ritmo de los timbales. Al final del día y en plena playa, siempre hay algún europeo que se arranca y se atreve con el baile ante decenas de personas... tal vez el típico que está a punto de pegar un giro de 360 º a su vida, y decide que tiene que venirse a vivir a Brasil por cojones.



Víctor García Montes

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