Salvador es especial hasta para oír misa PDF Imprimir E-mail
Brasil
Interior del convento bahiano de Sao FranciscoTras nuestra estancia en Jericoacoara, ahora dependíamos de un autobús público para continuar nuestro camino a Fortaleza. Para conseguir cuatro  plazas debíamos esperar dos días más, a lo que no estábamos dispuestos. Le dimos un giro a la situación gracias a que hay gente que se compran todoterrenos, vehículos imprescindibles para el negocio de transportar turistas. Por 150 reais entre cuatro no está nada mal...

Una vez en Fortaleza sólo se nos ocurrió dejar las mochilas e irnos directamente a las discotecas. Es un calco a Benidorm (España), pero en la costa atlántica. Se repetía la historia de Parroquinha y otras ciudades brasileiras... pero a lo grande, dormir lo dejabamos para el vuelo que al día siguiente cogíamos con destino a Salvador de Bahia, la segunda ciudad más bella de Brasil, a mi parecer, después de Río de Janeiro.

Ya en Bahia, volvimos a disfrutar de edificaciones coloniales de influencia portuguesa, parecidas a las de Sao Luis, con mejor calidad y conservación. Es una ciudad construida en pendiente, estando comunicada la parte alta y la baja por medio de un funicular, por el que se accede al puerto. Las mujeres algunas están vestidas con el típico vestido bahiano, aunque se lleva poco, utilizándose más bien para atraer al turista.

Los edificios coloniales de colores vivos están entremezclados con las iglesias franciscanas y jesuítas, hay decenas de ellas, incluso en una misma plaza podía haber cuatro, parecía que las ordenes religiosas querían demostrar su poder con la arquitectura. Y precisamente en esa Iglesia de color azul entramos a iniciativa de mi querido Tono. Después de un aburrido y largo sermón del cura y a punto de caer en un absurdo aburrimiento, al no estar acostumbrado a asistir a este tipo de celebraciones (a pesar de haber sido educado el que escribe en un colegio de jesuítas), empieza un sorprendente espectáculo, entrando unas señoras vestidas con el típico vestido Bahiano, sosteniendo una canasta en alto llena de panes.

una de las señoras sin cesta inicia una especie de baile a base de saltos, en el estrecho pasillo de la Iglesia completamente abarrotada de gente, se hace el silencio y otra persona de unos 70 años me agarra la mano derecha sin ni siquiera preguntar. Alucinando un poco, echo un vistazo alrededor y me tranquiliza el observar que absolutamente todo el mundo estaba agarrado de las manos, por lo que Tono y yo hacemos lo oportuno con nuestra mano libre. Entendimos que el cura había pedido que nos dieramos la paz fraternalmente, pero no suficiente con ese agarrón de manos, el viejo me eleva la mano por encima de nuestras cabezas y la agita con euforia, miramos alrededor y vemos cientos de manos agitarse de una lado al otro.

No contento este señor, me agarra y me pega un abrazo, que yo le devuelvo con más intensidad aún, todo el mundo se abrazaba a todo el mundo en un ataque de euforia y de felicidad, para terminar comiéndose los panes que las bahianas habían repartido. Nunca me lo habia pasado tan bien... ¿en una iglesia?

A la salida y paseando por las calles de la ciudad podíamos observar cómo bailaban capoeira, en la calle, plazas, mercados... cualquier rincón de la ciudad era bueno para practicar este baile, que más bien parece una variante de algunas artes marciales, que un baile propiamente dicho.

Víctor García Montes

Comentarios (0)Add Comment
Escribir comentario
 
 
corto | largo
 

busy