Un pollo con gripe aviar como compañero PDF Imprimir E-mail
Camboya
Escrito por David Navarro   

Un periódico alerta de la epidemiaSiempre recordaré mi viaje desde Phnom Penh, la capital de Camboya, hasta Sihanoukville, una muy bonita ciudad costera. La idea original fue ir en autobús. Pero como no tenía claro los horarios, se fue antes de alcanzar la estación. Mala suerte. Pero opciones no faltaban. Había multitud de taxis que podían hacer el servicio. Además viajábamos cuatro personas, ideal para este transporte. Empezamos a preguntar precios, pero los taxistas viendo que podían hacer el agosto, pedían el oro y el moro (alto para los precios locales). Al final tras una ronda de varias negociaciones cogimos una camioneta repleta de gente local. Muy buen precio, unos cuatro euros por cabeza para un viaje de cinco horas.

Ya a punto de entrar en la furgoneta, un taxista tira la casa por la ventana. Por sólo un euro más por cabeza nos lleva hasta la playa. Ya deseoso de compartir una experiencia local y saborear ese euro ahorrado. Decidimos seguir en la camioneta compartida.

No fuimos conscientes de toda la gente que había metida hasta vernos dentro. Estaba a reventar.  Delante había cuatro personas, en la fila del medio seis, en la nuestra los cuatro con todas las maletas y en la cuarta fila otros cuatro más. ¡18 personas! La distancia entre fila y fila era más que anecdótica.

Vaya viajecito, los primeros cien kilómetros, una autentica penitencia. Además de estar como en una lata de sardinas, me tocó para colmo entre dos asientos clavándome un hierro saliente en la espalda. Pero por fin alguno que otro se bajó de la camioneta y las maletas las pudimos poner detrás. ¡Qué alivio!

La siguiente etapa de esta auténtica prueba de supervivencia fue cuando un niño se montó con un pollo. El animal era para verlo. Tenía una mala cara, que no le quedaba ni un día de vida. Sin duda otro nuevo integrante de la gripe aviar. El pánico empezó a cundir con las sospechas, no es cuestión de bromear con estas cuestiones. Cuando se pusieron conductor y demás de la fila de delante las mascarillas, nos dimos cuenta de que la situación era seria. Con una rápida reacción me puse la gorra en la cara para taparme. Quique, uno de mis amigos, escondió su cabeza como una tortuga en su camiseta. Carmen y Dani, los otros dos viajeros, tapándose la cara con chalecos a modo de mascarilla.  

Así estuvimos durante una hora. Hasta que después de una dura negociación de Carmen, el pollo se fue al maletero. Aunque no sirviera para nada, ya que los posibles virus gripales podían estar ya dentro del coche. En total, ¡cinco horas de sufrimiento! El peor viaje de desplazamiento que recuerdo. Además hay que añadirle que en la parada para comer me tomé unos plátanos a la barbacoa (que lo hacían en un pincho de madera negruzco, ya que lo reutilizan) y un huevo duro. La cuestión es que no me sentó nada bien esta comida.

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