La gozada de ver pescar en Weligama PDF Imprimir E-mail
Sri Lanka

Un pescador ofrece su mercancía en WeligamaWeligama es un pequeño pueblo pesquero situado en el distrito de Matara, al sur de Sri Lanka. Si hay algo que se puede asemejar al paraíso, este lugar cuenta con serias opciones de ser considerado en esta línea. Los amantes del surfeo encuentran aquí un escenario sin competencia: no todos los días acaba uno de coger olas y alcanza una orilla donde dormitan vacas y aparece algún elefante dando un paseo... En el popular bareto 'My Brother' se puede uno tomar una cerveza tirado en una hamaca y decidir coger la tabla cuando vienen buenas olas en un ambiente relajado. Brutal.

El pueblo no es una maravilla de la arquitectura, pero tiene un gran encanto. La actividad más destacada se produce a primera hora del día y a última. En el amanecer no resulta difícil encontrar pescadores encaramados a unos palos ejerciendo la actividad como hace siglos atrás: tratan de no ser descubiertos por los peces y desde la altura los enganchan con una lanza o una pequeña red.


Casi te hipnotizan mientras asistes a la ceremonia. Otro muchos pescadores faenan en barcos, más al estilo habitual. En el atardecer regresan a puerto y comienza una representación muy divertida.

De un lado están los chavales desocupados, un montón, que tratan de ganarse algún dinerillo. Comparecen como moscas cuando los barcos atracan en la orilla y prestan sus brazos para la operación de descarga. Medio pueblo se junta en la playa para ver el material que se ha pescado. Familias enteras, algunos se dan un baño mientras la mayoría se parte la espalda cargando cajas con hielo y pescado.

Muchas de estas cajas son colocadas de inmediato en camiones para repartirlas por todo el país, principalmente por Colombo, la capital. No se encuentra muy lejos, pero el tráfico en Sri Lanka es la muerte y no se tarda menos de cinco horas en llegar. El resto del género se vende en el mismo pueblo y en localidades cercanas, como Galle. Para que se hagan una idea, tres caballas las venden por unas cien rupias. Todo es regateable, por supuesto.

Asistir a la ceremonia de regreso de los pescadores mientras se va haciendo de noche, oír los gritos de los vendedores, ver cómo las familias musulmanas se bañan en manada con los niños desnudos y las niñas tapadas hasta la cabeza, las vacas pasean a tu lado... la experiencia de un quehacer diario diferente al propio es una pasada. Merece y mucho la pena. 


Daniel Pinilla

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