La puesta del pañuelo forma el lío con las vaquillas PDF Imprimir E-mail
España
Escrito por David Navarro   
La plaza del Torico en su máximo apogeoSábado de Vaquilla del Ángel en Teruel. La huella del viernes se deja notar en la cabeza, pero nunca hay que flaquear, es un día para darlo todo. A las cuatro y media de la tarde se inaugura la fiesta con la puesta del pañuelo al Torico. Hay mucho que preparar.

La ciudad por minutos se va colapsando, con gentes por todas partes, provenientes sobre todo de la zona del levante español: Valencia y Castellón. La indumentaria no deja lugar a dudas, unos pantalones blancos, una camiseta blanca, un fajín rojo y un pañuelo rojo. Hay que comer muy contundentemente para asentar bien el estómago. Después preparar todo el material para irse a la plaza del Torico con bebida.

En la plaza con un ambiente increíble, no cabe ni un alfiler. Muchos de los presentes vienen provistos de garrafas llenas de vino para ir tirándola al aire. También están los más sofisticados que usan pistolas de agua o bien fumigadores para echar el zumo de uva. Imposible que la camiseta no se te tiña de morada en cuestión de minutos. Cuando el calor aprieta, el sudor de la masa forma un hedor que a veces supera los límites de lo soportable. Pero el buen ambiente y la ilusión por estar allí te hace incluso saltar con los cánticos del gentío. Algunos cubos de aguas se lanzan por los balcones, buenos en los años de calor, pero no tan agradable en los que hace frío. Pelotas gigantes de plásticos son golpeadas para entrenamientos de los presentes que esperan el gran momento. Con un poco de observancia veo a caras conocidas de otros años, como uno que se trae una tarima para sobresalir sobre el resto con su sombrilla. Llevar bebida y con hielo es casi un lujo, pero importante poner la mano encima para que no le entre el vino o lo que tiren dentro de la copa.

David N. con unos amigos con el Torico al fondoSe acerca la hora, empiezan a entrar las peñas con sus charangas y pancartas, el termómetro sube al máximo. Cada año una peña es la encargada de poner el pañuelo en el Torico, un pequeño astado que yace en lo alto de una columna y que es el auténtico símbolo de la ciudad. Como si fuera una pirámide humana los peñistas se agolpan para formar una torre. Uno de ellos dejará su nombre a la posteridad por tan gran privilegio. La plaza por unos minutos se queda callada mientras el castillo se forma, no es fácil tarea, pero al final allí se suben y colocan la tela. La lluvia de vino es espectacular, la gente se abraza como si le hubiera ganado una lotería, las bandas tocan y tocan, y más agua de los balcones. La Vaquilla acaba de comenzar, hay que divertirse.

La plaza se va despejando para la gente se va yendo a las distintas barras de las peñas. Yo como forastero, y siendo muy poco original me voy a la más cercana, la del Isabis. Me encuentro a caras de otros años, como a un zaragozano que nunca falla y reconocible por siempre llevar la camiseta de argentina con el nombre de Maradona, o uno que siempre va con una paloma disecada. Las camisetas y pantalones que se ven tienen solera de años anteriores, grandes manchas que significan haber vivido grandes Vaquillas. En este sitio me puedo quedar horas y horas, viendo como se tiran macetas de tinto unos a otros o alguno se revuelca por el suelo.

La cuestión también es moverse un poco por otras barras, por ejemplo justo detrás está la de la Casa de Aragón, y algunas minibarras por los callejones. Todo es un río humano de idas y venidas. Sin parar de beber, aunque te das cuenta cae la noche. Es un momento que hay que decidir, si seguir con el olor a vino o darse un retoque. Hay para todos los gustos, aunque lo importante que quede fuerzas. Yo suelo cambiar de camiseta y lavarme un poco la cara. Aunque he visto a mujeres de vino hasta arriba y por la noche estaban hechas un pincel. Pero usar tiempo para arreglarse, es menor tiempo para diversión.

Un clásico de las fiestas con su omnipresente palomaLo bueno es que por mucho que mires el reloj siempre queda mucho más. Hay peñas enormes por los sitios más insospechados, y todas llenísimas. Antaño, una buena conclusión de la noche, o más bien al amanecer, era en la peña del Ajo con The Final Countdonw de Europe, que estaba en la plaza de los Amantes (“los Amantes de Teruel, tonta ella, tonta él”), donde se te ponían los pelos de gallina tras 17 horas de fiesta. Lamentablemente, trasladaron esta peña de este histórico lugar quitándole encanto a este momento.

David Navarro






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