A quemar kilómetros rumbo a Inglaterra PDF Imprimir E-mail
España

Un motero en toda regla a lomos de una Drag StarHace un rato, mientras conducía, ya en Sevilla (mi ciudad en España), hacia casa después de lavar mi Drag Star le daba vueltas a la cabeza sobre cómo empezar el relato de este viaje. No me gusta empezar por el principio. Quizá sea deformación profesional, aquello de que la noticia radica en lo último y no en lo primero. Pero, además, es que tampoco sé cuál es el principio. ¿Es el principio el día que cambiaron radicalmente mis planes de vacaciones? ¿Es el principio el día que compré la moto, el que me saqué el carné, el que tomé el camino hacia Salamanca, bajo la lluvia y haciendo un esfuerzo tremendo por superar la pereza que me instaba a seguir en la cama, calentito y seco, en vez de meterme en carretera, con el frío de la mañana recién estrenada y bajo la lluvia? ¿Cuál es el principio: el día que mi hermano se fue a trabajar a Inglaterra y se quedó allí? ¿O el día que nací?

Además, presuponer que existe un principio implica dar por hecho que existe un final. Y a eso sí que me niego. ¿Un final, por qué? ¿Un final en este contínuo que es la vida? Ahí estaba el mundo, ahí estaban Inglaterra y Salamanca y Sevilla antes, mucho antes de que yo existiera, de que comprara la moto, de que rompiera con Lucía. Y ahí seguirán, llueva o truene, cuando yo ya no esté. Ni es el primer viaje que hago, ni siquiera en moto, ni será el último, si la vida me brinda esa oportunidad y no tengo, ahora mismo, ninguna razón que me haga pensar que no será así. Además, ya lo dijo Einstein, el tiempo es relativo, es sólo una dimensión más de la realidad en la que nos desenvolvemos, así que por qué íbamos a tener que basar el relato de esta realidad en una única dimensión. Y sobre todo, qué aburrido resulta contar las cosas una detrás de otra, cuando la vida está llena de momentos sobre los que uno olvida el cuándo para recordar sólo el qué, o el con quién.


Descartado, pues, el relato cronológico, también me preocupaba cómo contarlo y, sobre todo, qué contar. Reconozco que la utilización de la primera persona es algo que me sonroja en cierto modo. Primero, por mi propia deformación profesional de escribir siempre sobre lo que le ocurre a otros. Pero también por el hecho mismo de convertirme a mí mismo en protagonista del relato. Claro que más me sonroja aún hablar de mí y de mi viaje (que de eso se trata, al fin y al cabo) en tercera persona, como si yo mismo fuera el papa o un rey del siglo XVIII. Así que he decidido que lo mejor será empezar hablando de otros. Y esos otros son, por ejemplo, Bob y Carpentier, dos sexagenarios (o vete tú a saber si los 70 no los cumplirán ya) a lomos de sendas Harleys con los que me topé en Santurtzi mientras esperábamos subirnos al ferry con destino a tierras de la Gran Bretaña.

Estaban muertos de cansancio cuando llegaron, tras 22 horas conduciendo sus motos desde Italia, donde se encontraban, para llegar a tiempo de coger el barco. Sólo paraban para repostar y tomar café. "No choice", decían, si les dabas tu opinión sobre lo que creías una locura. O Ian, inglés del sur de Londres (perdona, Ian, pero no llegué a enterarme exactamente del sitio), seguidor del Rácing de Ferrol por eso de estar casado con una gallega y vivir en Galicia desde hacía algún tiempo. Decía que le resultaba más fácil entenderse conmigo (pese a mi mal inglés y a su peor español) que con la familia de su mujer, por aquello del acento cerrado de los gallegos. Llevaba una 'touring' y no era la primera vez que hacía el viaje en ferry... (continuará)

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