Encerrona en la noche de Riga PDF Imprimir E-mail

Nos encajamos en Riga, una de las capitales de las llamadas repúblicas bálticas (Letonia, claro), a pocas horas del comienzo de la Semana Santa. Sin muchas expectativas creadas y tan sólo alentados por los testimonios de amigos que han vivido un tiempo por esos lares. Al poco rato de haber aterrizado ya asumí que no se trataba de ningún chollo de país, la fortaleza del euro no era tanta allí.

Lo primero que me llamó la atención era la limpieza, algo que realmente admiro y envidio. Calles impolutas y mobiliario urbano muy bien cuidado. Igualito que en el sur de España...
La vida turística de Riga prácticamente se circunscribe a su casco histórico, precioso y muy fácilmente paseable. Se trata de una ciudad que a simple vista da la impresión de que ha sufrido de manera demasiado grosera el paso a una economía de capitalismo en toda regla. Me explico: cada tres pasos te encuentras con una franquicia tipo restaurante de comida rápida que si bien te resuelve la papeleta para comer en un momento de apuro, la verdad es que afea las calles con los luminosos que resultan taco de horteras. El resto de luminosos que se pueden ver por el centro (y lo que no es el centro también) es lo que llamaríamos lugares de luces de colores, lupanares encubiertos (algunos no tanto). La oferta sexual abunda por todos lados. Es conveniente tener buen ojo antes de entrar en un garito para no llevarse una sorpresa si no es que uno pretende tirarse al barro en el tema sexual. Que todo puede ser...
Hay que tener buen ojo y preguntar antes de qué va la cosa. Por ejemplo un par de amigos míos se encajaron con dos monumentos (de mujer se entiende) en un bareto donde les pusieron por delante una botella de champán que no habían pedido. "Fuera eso que no hemos pedido nada de champán", "no entiendo lo que me dices"... en fin, lo típico. El resultado fue que los maromos del local cerraron la puerta con llave y exigieron el pago de 300 euros (nada de dólares ni pobrezas por el estilo) para franquear la salida. Mis amigos no se achantaron y aunque les pasó una bota rozando la cara se negaron en redondo a pagar. Cualquier otro posiblemente habría caído y pagado una buena cantidad. Ellos tiraron de móvil y me llamaron a mí (ya estaba sobando y con el teléfono en silencio, no aporté nada) y a otro más. Éste sí cogió el teléfono y llamó a la embajada española. Al final, tipo cinco y pico de la mañana, la policía se dejó caer por el local en cuestión y los sacó y escoltó hasta el hostal. No tuvieron que pagar los 300 euros, pero no se puede decir que fuera la experiencia más agradable de sus vidas...
PD: también vimos una pelea al estilo Bud Spencer-Terencce Hill en otro local, con patadas en el pecho como poco, mientras la gente seguía bailando a medio metro como si nada. Así son ellos.

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