Agri, la frontera turco-iraní y el Monte Ararat de fondo… PDF Imprimir E-mail
Turquía

Una solitaria carretera para llegar hasta AgriLa provincia de Agri, una de las más de ochenta que componen el mosaico de Turquía, no es precisamente la que más promociona su Ministerio de Cultura y Turismo. No es por su clima continental extremo, ni por el árido paisaje montañoso, que, aunque monótono, guarda cierto encanto. No, es su enclave en Anatolia nororiental, en el extremo de Turquía, junto a las fronteras de Irán y de Armenia, lo que la sitúa en el ojo del huracán y fuera de los destinos que uno elegiría, salvo que se la encuentre en su ruta hacia el este.
 
No debéis dormir ni en los cien kilómetros previos ni los cien posteriores a Agri, muchos bandidos, mala gente. Id con tiempo. Así es como nos previenen en Ordu, en la costa del mar Negro. Hacemos noche en una gasolinera cerca de Erzurum, hasta que el calor nos saca del claustro de chapa de nuestra furgoneta. Es salir y arremolinarse un grupo de kurdos que todo lo quiere mirar, tocar, manosear y parece que hasta sisar, sin que previamente medie un puedo o un le importa; si no de palabra, al menos de gesto. Frente a las finas maneras, el respeto y la amabilidad con las que nos han agasajado en el resto de Turquía, esto es un gran contraste, y no para bien. Mil ojos ellos, y otros mil nosotros, los dos miles clavados en nuestros enseres. Cerramos de nuevo el portón y recordamos lo que Nicolas Bouvier relataba en sus Caminos del Mundo sobre las tensas relaciones (¿fanfarronas?) de los kurdos con todos sus vecinos. Las nuestras tampoco empezaron muy distendidas.

 
Con la brújula marcando al este, alcanzamos la región de Agri. La carretera, aunque apenas tiene tránsito, es buena. En cambio, las poblaciones se ven ya muy pobres: son aldeuchas de barro colgadas de las laderas. Sólo vemos algunas cabras, pero muy pocos cabreros. No hay gente y ya se percibe hostilidad en el ambiente. Aparece el primer puesto militar, con sacos de arena, ametralladoras apostadas y control de vehículos. Más tarde, se dibujan los tanques en el horizonte, una constante en la región.
 
Agri, la capital de la provincia del mismo nombre, no desmerece en nada estos antecedentes: es un poblacho de aluvión venido a más, pero sin vocación de ciudad, aun cuando cuenta con una universidad. En cuanto al urbanismo, es el paradigma del caos: aquí, una chabola y un montón de escombros; más allá, una gasolinera y un almacén; y allí a lo lejos, un concesionario de coches, una gavia con aguas estancadas y malolientes, y un banco con un cajero automático. Todo mezclado de la manera más absurda e inconexa, a la vez que aderezado con algunos coches  quemados aquí y allá, vehículos militares patrullando y niños medio desnudos bañándose en una acequia o jugando con una cometa. Da miedo. Es la ciudad en la frontera, el tópico hecho realidad.
 
Auto de 'A Mongolia Pa Que' con el Ararat al fondoSeguimos. Más militares, pero como todos los militares turcos, no ya educados, sino entrañables. Buen viaje. Muchas gracias. Aunque aquí ya no te ofrecen un té como antes. Más kilómetros de carretera, muchas colinas, secano rabioso a todo alrededor. Un cambio de rasante y aparece un hombre de paisano con un fusil de asalto ruso colgado al hombre, el archifamoso Kalashnikov AK-47. El dedo índice en el gatillo y parando coches. Nos ve acercarnos, estrafalarios con nuestra furgoneta morada, y nos manda seguir adelante con un leve gesto que nos afloja el nudo en la garganta. Otra pregunta que te llevarás al otro barrio sin haberle dado una respuesta: ¿y ese quién era, qué autoridad tenía para controlar los vehículos, aparte del fusil; militar o policía de paisano, paramilitar?
 
Seguimos conduciendo -¿o acaso alguien querría pararse aquí?- y al poco, en medio de la bruma, se asoma al norte el cono nevado del Monte Ararat, impresionante con sus más de cinco mil metros. Según el Génesis (8:4), el Arca de Noé se posó en su cima tras el diluvio universal: “reposó el Arca en el mes séptimo, a los diecisiete días del mes, sobre los montes Ararat”. A 32 kilómetros a este lado de la frontera turca, este volcán inactivo, montaña sagrada para el pueblo cristiano armenio, es motivo de disputa territorial entre las dos naciones. Del otro lado, a menos distancia aún, tan sólo 25 kilómetros, se levanta Ereván, la capital de Armenia, inaccesible para nosotros, pues la frontera entre ambos países está cerrada, así como la Azerbayán, a partir del conflicto bélico entre armenios y azeríes por el territorio de Nagorno Karabaj. Son muchas las cuentas pendientes en la región, empezando por el genocidio armenio a manos de los turcos a principios del siglo XX.
 
Sin embargo, la presencia de los militares turcos no se debe únicamente a guardar esta frontera clausurada o a disuadir cualquier intento de modificar el actual diseño de la misma, lo cual sería toda una temeridad por parte armenia, sino sobre todo para combatir al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), el grupo terrorista -o guerrillero- que lucha por la creación de un estado kurdo y que campa por estos pagos de Agri. No en vano, tres montañeros alemanes que escalaban el Monte Ararat fueron secuestrados por miembros del PKK sólo unos semanas antes de nuestro paso por la región. Un conflicto que no se circunscribe a estas regiones apartadas del oriente turco: la víspera de nuestra marcha de Estambul dos bombas que estallaron en la ciudad… Tan grande es, que sólo nos enteramos más tarde en el televisor de un bar.
 
Después de disfrutar de los mil encantos de Turquía, atravesar esta región supone un chino en el zapato, una comida indigesta, un mal trago, pero también el trámite necesario para alcanzar Irán, a la vez que una enseñanza de la cara oscura de Asia Menor. Llegar a la frontera turco-irani, en lugar de una tortura burocrática, resulta un alivio, aun cuando toque completar los trámites del Carnet de Passages en Douane para poder acceder con nuestra furgoneta en Persia.
 
Antes bien, ya los propios funcionarios iraníes del puesto de Bazargan nos van dando muestras de lo que tenemos ante nosotros, el pueblo más hospitalario de la Tierra, el persa… Un gran contraste tras Agri, y esta vez para bien.
 
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Comentarios (2)Add Comment
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Antonio
marzo 31, 2009
Votos: +0
vaya tela

Esteban, admiro tu valentía. Me alegro que haya personas como tú que nos diga donde NO tenemos que ir nunca.

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esteban
abril 07, 2009
Votos: +0
...

Muy bueno lo de lugares a los que NO ir. smilies/wink.gif
Tengo que escribir algún relato sobre otros sitios a los que vale la pena ir para pasarlo bien, ¡que para eso son la mayoría!

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